Biblioteca Popular José A. Guisasola


Lecturas

con Adolfo Bioy Casares (Fragmento)

Mi pensamiento es pesimista; mi sentido vital es optimista. A mí me encanta la vida, yo me divierto con vivir. Si oigo una frase que me hace gracia, estoy contentísimo; si he soñado un sueño que me parece divertido, de algún modo estoy encantado; si se me ocurre una idea, lo mismo… Me gusta leer, me gusta ir al cine…

Yo tengo la impresión de que, cuando hago el balance de mis días, en general puedo decir que me he divertido y que, en los días estériles, tampoco lo pasé tan mal. En cambio, si yo reflexiono sobre la vida, pienso que nada tiene demasiada importancia porque seremos olvidados y desapareceremos definitivamente. Eso es lo que yo pienso.

Yo creo que nuestra inmortalidad literaria es a corto plazo, porque un día habrá tanta gente, que no se podrán acordar de todos los escritores que hubo en un momento. O se acordarán muy imperfectamente. Ya no seremos materia de placer para nadie: seremos materia de estudio para ciertos especialistas, que quieran estudiar tal y tal tendencia de la literatura argentina de tal año. Y, después de todo eso, un día la Tierra chocará con algo, ya que la Tierra, como todas las cosas de este mundo, es finita. Un día desaparecerá la Tierra, y entonces no quedará el recuerdo de Shakespeare, y menos aún el de nosotros. Así que pienso que, teniendo en cuenta todas estas cosas, nada de la vida es muy importante.

Entonces, yo casi podría reducir la importancia de la vida a una idea: la idea de que son importantes las cosas que, por lo menos, nos hacen estar complacidos. Vale decir: a mí, por ejemplo, me duele algo que es cruel o es deshonesto. O inclusive algo que sea desconsiderado con otra persona: eso me duele. Entonces, salvo hacer esas cosas y salvo hacer las que dan placer y dan alegría, nada tendría importancia.


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Adolfo Bioy Casares, in Fernando Sorrentino, Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares, Buenos Aires, 1992, pp. 240-241. Visto en: Pablo’s Diary of Quotes



Imagen: Agustín Gomila

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Adolfo Bioy Casares
Argentina: 1914-1999 

El 15 de septiembre de 1914 nace en Buenos Aires Adolfo Bioy Casares. A los once años escribe su primera novela, Iris y Margarita –plagiando a"Petit Bob" de Gyp–, para una prima de la que estaba perdidamente enamorado. A los catorce, Vanidad o Una aventura terrorífica,cuento fantástico y policial. En 1932 conoce, en casa de Victoria Ocampo, a quien será su amigo y colaborador: Jorge Luis Borges y, dos años más tarde, a Silvina Ocampo, quien junto a Borges lo convencerá de abandonar los estudios y dedicarse exclusivamente a escribir, y con quien se casará en 1940. Ese mismo año publica La Invención de Morel, su obra más famosa y convertida hoy en un clásico de la literatura contemporánea. Bioy y Borges forman por años un formidable duo creativo que produce obras como Un modelo para la muerte, Libro del Cielo y del Infierno y las Crónicas de Bustos Domecq, la mayoría de las cuales son firmadas con el seudónimo común de H. Bustos Domecq. En 1954, año en que publica El sueño de los héroes, nace su única hija, Marta. En 1969 aparece Diario de la guerra del cerdo, llevada posteriormente al cine por Leopoldo Torre Nilsson. Entre otros premios y galardones, recibe en 1975 el Gran Premio de Honor de la SADE, es nombrado Miembro de la Legión de Honor de Francia en 1981, Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 1986 y es galardonado en 1990 con el Premio Cervantes. Considerado por Jorge L. Borges como uno de los mayores escritores argentinos de ficción, Bioy Casares es dueño de una vasta obra en donde la la fantasía y la realidad se superponen con una armonía magistral. La impecable construcción de sus relatos es, quizá, la característica que con mayor frecuencia ha destacado la crítica con respecto a su obra.

Adolfo Bioy Casares murió en la Ciudad de Buenos Aires el 8 de marzo de 1999.


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Fuente: http://www.literatura.org/Bioy/

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Retrato del héroe
 Minicuento

Algunos al héroe lo llaman holgazán. Él se reserva, en efecto, para altas y temerarias empresas. Llegará a las islas felices y cortará las manzanas de oro, encontrará el Santo Grial y del brazo que emerge de las tranquilas aguas del lago arrebatará la espada del rey Arturo. A estos sueños los interrumpe el vuelo de una reina. El héroe sabe que tal aparición no le ofrece una gloriosa aventura, ni siquiera una mera aventura -desdeña la acepción francesa del término- pero tampoco ignora que los héroes no eluden entreveros que acaban en la victoria y en la muerte. Porque no se parece a nuestros héroes criollos, no sobrevive para contar la anécdota. ¿Quiénes la cuentan? Los sobrevivientes, los rivales que él venció. Naturalmente, le guardan inquina y se vengan llamándolo zángano.

FIN

Guirnalda con amores, 1959

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Fuente: Ciudad Seva

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